Me he permitido titular este post como el fenomenal libro de Pablo Molina porque creo que ningún otro expresa mejor el fenómeno que vivimos actualmente en España. Ser progre significa, para muchos, ser buena persona, por tanto cuanto más progre mejor.
Se han apropiado del buenismo y del ecologísmo, del talante y del diálogo, de la tolerancia y del antifascismo. Eso nos deja a los que pensamos de otra manera, según su lógica demagógica, en el otro lado: somos intolerantes, homófobos, xenófobos, fachas y no sé cuantas cosas más.
Hemos llegado a una situación en la que si dices ser de 'derechas' tienes dejar algunas cosas claras, no puedes soltarlo así sin más. Tienes que explicar muchas cosas: que no eres franquista, que eres demócrata, que no estudiaste en un colegio de monjas, que no tienes un padre ni militar ni guardia civil, que no te vas comiendo a los niños por ahí y que si se te llega a conocer, después de todo, no eres tan mal bicho.
Esto me recuerda a una ocasión cuando en la facultad se nos pidió a los alumnos que en grupos de tres o cuatro personas definiéramos que era la inteligencia para nosotros y que atributos tenía una persona inteligente. El 'progre' del grupo no permitía que entrara ninguna definición que supusiera que una persona podía tener más capacidad o recursos que otra (eso no es progresista). Cuando alguien propuso que como característica de una persona inteligente figurase el 'sentido común' esta persona se negó en redondo alegando que el 'sentido común' es una convención de una sociedad clasista y con prejuicios y no sé cuantas naderías más dijo.
No sé porqué se puso así, para mí ser sensato o tener sentido común no es más que tener lo que a él le falta.
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